Uno de los asistentes a la histórica proyección de los hermanos Lumiere el 28 de diciembre de 1895, fue Georges Méliès, prestidigitador y director del teatro de ilusionismo “Robert Houdin”, en París. Méliès quedó impresionado con el invento. Una anécdota famosa cuenta que trató de comprar el cinematógrafo de los Lumière; no accedieron a venderlo argumentando que “el aparato podría ser explotado durante algún tiempo como curiosidad científica, pero no tenía ningún porvenir comercial”.
Pronto, el perseverante Melies fue capaz de hacerse con un aparato, casi podríamos decir que en el mercado negro y se puso a practicar, al principio al “estilo Lumiere”, es decir, tomas de vistas de estilo documental. Y practicando tuvo la primera revelación fruto de la casualidad: mientras rodaba en la plaza de la Ópera la cámara se atascó. Después de solucionar el problema, siguió rodando, y al revelar la película y proyectarla se dio cuenta con gran asombro de que un autobús se convertía súbitamente en una carroza fúnebre. Acababa de descubrir el primer trucaje cinematográfico, el mismo que hoy hace posible, por ejemplo el cine de animación fotograma a fotograma.
A partir de este momento Méliès introduce la magia en el cine. Desde 1896 comienza a rodar películas que luego proyecta para el público del Teatro Robert-Houdin, éstas irán poco a poco sustituyendo a las sesiones de magia y prestidigitación. Poco a poco fue descubriendo todos los trucajes que ofrece la cinematografía: Apariciones, desapariciones, objetos que se mueven solos, multiplicación de personajes, fundidos… y un largo etc, aderezado por una estética muy particular, con decorados bellamente dibujados (siempre en escala de grises ya que la filmación era en blanco y negro), abigarrados y algo excesivos, pero encantadores. En El Hombre Orquesta (1900), el propio Méliès, actor habitual en sus películas, se multiplica por siete mediante siete sobreimpresiones sucesivas sobre fondo negro, lo que le permite interpretar los siete instrumentos de la orquesta. También aplica la sobreimpresión en El Melómano (1903), en la que la cabeza de Méliès salta, al ritmo de las notas musicales, sobre un pentagrama formado por hilos de telégrafo. Y El Hombre De La Cabeza De Goma, es una vistosa anécdota que muestra la experiencia de un científico que experimenta con su propia cabeza, hinchándola como si fuera un globo. El efecto se consigue mediante un travelling de acercamiento (sobre fondo negro) para aumentar el tamaño de la cabeza y la sobreimpresión para integrarla en el laboratorio.Su creativa labor por descubrir nuevos caminos le llevó incluso a colorear a mano, fotograma a fotograma, algunas de sus películas.
Este extracto es del blog:
http://cineojo.wordpress.com/2007/11/02/melies-el-primero-que-se-dio-cuenta/
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